Turismo Transversal

" El turismo como actividad clave para vertebrar el desarrollo de las regiones."


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La diferencia entre viajero y turista.

Mi amiga Merche no sabe diferenciar a un turista de un viajero. Y eso que regenta un precioso hotelito en uno de las ciudades turísticas más populares del Pirineo. Su amiga Carmen, que hace lo propio con otro alojamiento familiar en uno de esos pueblecitos galardonados con distintivo y todo, tampoco lo sabe.

Pero antes de descubrir porque ninguna de ellas recuerda haber visto nunca a ningún turista entre su fidelizada clientela, vamos a intentar descubrir que son exactamente uno y otro.

Atendiendo a la descripción exacta que ofrece el Diccionario de la Lengua Española publicado por la RAE, turista es la «persona que hace turismo», es decir, aquella persona que viaja por placer . Mientras que viajero es aquella persona que simplemente viaja, es decir que se traslada de un lugar a otro, generalmente distante , por cualquier modo de locomoción.

La definición de uno y otro que realizamos desde un prisma turístico es sensiblemente diferente y aunque personalmente no me acabe de convencer, lo cierto es que otorga una etiqueta un tanto despectiva al turista, al que identifica como algo corriente, casi vulgar y con una actitud marcadamente hedonista que incluso podríamos definir como egoísta. En cambio, el concepto de viajero parece venir acompañado de una mayor empatía e incluso de cierto estatus y hasta le presuponemos un mayor nivel cultural. En mi opinión esto es una trampa provocada principalmente por el uso de ambos términos en el lenguaje. En la prensa, por ejemplo, acostumbramos a leer términos como «turismofobia» o «masificación turística», y en cambio no encontramos palabras como «visitantesfobia» o «masificación de viajeros».

La realidad es que hay también buenos turistas y pésimos viajeros, es más, en la práctica la mayoría de nosotros somos un poco turistas cuando visitamos nuevos destinos y nos convertimos en algo más viajeros a medida que acumulamos experiencias o conocimiento y empatizamos un poquito más con los mismos.

Pero volviendo a las diferencias de unos y otros. Hay quien se atreve a enumerar listas enteras de buenas praxis para catalogar a un tipo u otro de visitante y que van, desde que llevan unos y otros en sus maletas, hasta el uso que hacen de su tiempo. He llegado a leer que un turista viaja en familia, mientras que un viajero prefiere hacerlo solo o con una compañía muy reducida, siempre que comparta con ellos su filosofía viajera. Lo cual me ha dejado muy preocupado porque supongo que ningún padre podrá inculcar otra manera de ver el mundo a sus hijos que la estrictamente turística. En fin, ocurrencias al margen. Para mi, la mayor diferencia está en la actitud basada en el respeto con el que afrontan sus viajes, las diferentes interacciones que se presentan y por supuesto como afrontan los imprevistos y las novedades.

Aunque ambos van a disfrutar y verse sorprendidos por igual por las experiencias del viaje, el primero va a tender a tomar nota de ellas para después contarlas manteniendo una actitud casi de espectador, lo que no le va a permitir empatizar mucho más de lo que lo haría viendo un documental desde el sofá de su casa. Mientras que el segundo va a tender a formar parte de la experiencia. Para, a ser posible, integrarla en su propia historia. Y eso probablemente le permita una mayor flexibilidad y le mantenga más despierto y receptivo de cara a nuevos planteamientos e interacciones con el entorno y sus gentes.

En el caso de mis amigas Merche y Carmen, ambas comparten un terrible «modus operandi» que hace que no hayan conocido un solo turista, y que si se han cruzado con él, no hayan conseguido identificarlo. El caso es que ellas van a empezar a saber de ti, antes de que salgas de casa. Si viajas con niños estos serán los primeros que se den cuenta de que esta vez algo va a ser distinto. Encontrar agua en una recepción es casi habitual, que te reciban con bizcocho, chocolate y vino caliente, no tanto. Si preguntas por este último te encontrarás viajando a la Francia Medieval cuya influencia ha perdurado hasta ahora gracias a su proximidad fronteriza, ya que una de las singularidades de este territorio son las estrechas relaciones que mantienen con sus vecinos. Junto a semejante bodegón, un tarro con unos dulces en forma de cruz y un divertido nombre, – ¿mochets…?- . Acabas de abrir la puerta a que te cuenten las particularidades culturales y diferenciales del territorio, el idioma y los símbolos que les identifican.

Por cierto llevas escasamente 10 minutos y no sabes porque, pero te encuentras como en casa y no ha hecho falta que digas ni tu nombre, seguramente ya te habrán preguntado a que has venido y te habrán preparado el itinerario con las mejores excursiones según tu nivel e intereses…

– ¿Os quedareis a cenar, no…? – Dudas, – Acabo de sacar los patés que hice la semana pasada…!!!- Como para negarse… Estas a una comida de conocer todo el potencial de la cocina local y probar alguna de sus exquisiteces. Si eres vegano, lo sentimos. Vas a salir rodando igualmente…

Para cuando subes a tu habitación, ya te invade una extraña sensación de familiaridad con un destino al que llegaste gracias a tu navegador y con unas gentes de las que hace menos de 20 minutos desconocías hasta su existencia.

Teniendo en cuenta lo que acabamos de explicar, es normal que mi amiga Merche no conozca ni un turista. Ni ella, ni su amiga Carmen. Tampoco.