La falta de mano de obra para cubrir los puestos de trabajo empieza a ser un problema recurrente para los gestores de empresas de servicios. Pero desde hace ya unos años, el problema se acrecenta cada vez que se acerca la temporada de verano en la práctica totalidad de los destinos turísticos.
A los motivos intrínsecos a la actividad, principalmente en el caso de la hostelería, que no la convierten precisamente en una profesión de las más demandadas en los planes de estudio de los jóvenes. Le ha salido además la imposibilidad de conseguir remuneraciones que permitan compensar tales esfuerzos. Y es que hasta ahora, los inconvenientes producidos por la dureza de los horarios de trabajo, la ausencia de fines de semana o festivos con que conciliar mínimamente la vida familiar, o el propio desgaste que genera la constante atención al cliente, se veían mayoritariamente sufragados en el momento de recibir la nómina a final de mes.
Por cierto, si alguien piensa que esto es una exageración debería saber que la OMS ya ha reconocido como enfermedad el coloquial «burnout», es decir el síndrome del desgaste profesional. Y que ninguna de las situaciones anteriores ayudan a mitigarla.
Que no se entienda mal. Desde luego, nadie esta a favor de plantear un marco donde se fomenten los abusos ni la picaresca para defraudar al fisco. Y aunque seguramente todos hemos oído hablar de casos en este sentido, queda claro que este tipo de prácticas están muy lejos de la mayoría de empresarios responsables que forman parte del tejido empresarial turístico de este país.
De lo que se trata es de acompañar la nueva normativa con la posibilidad de aumentar en determinados casos ese numero de horas dentro del marco de determinados convenios colectivos. La actual regulación que acota aún más la posibilidad de poder realizar ese máximo de 80 horas extras, ya ha dado al traste con el interés de muchos trabajadores de temporada que cuentan con ese sobre-ingreso para poder volver a sus casas con un colchón económico suficiente con que pasar los meses de inactividad hasta la próxima temporada dado que en sus lugares de residencia no existen ofertas de trabajo suficientes. Aclaro. Sencillamente no existen. Ni estas, ni otras.
Dicho de otro modo, con la posibilidad de ingresar por un importe aproximado de 2 semanas más de trabajo (80 hrs) no se sostienen familias durante los 4 o 5 meses restantes, en el mejor de los casos.
El boom de las VUT tampoco ayuda a crear oportunidades reales para ganarse la vida. Los precios de algunos apartamentos ocupados tradicionalmente por trabajadores han llegado a triplicar sus precios. Y el colmo del surrealismo, se produce en aquellos complejos donde el propio empresario ha puesto a la venta alojamientos que antes destinaba como habitaciones para albergar a sus empleados. Es el caso de algunos negocios ubicados en auténticos «prime line» que ahora confían en que sus plantillas se puedan costear algo cuatro calles más arriba…
Con este panorama no es de extrañar que la búsqueda de personal en algunos lugares este llegando a enfrentar a los propios empresarios, ya que muchos trabajadores «sacrifican» su lealtad por pura necesidad.

En esta tesitura sorprende que el grabe problema de la falta de mano de obra no entre como una prioridad básica en los planes estratégicos de desarrollo turístico de las comunidades autónomas o del gobierno.
En el caso de las primeras recordemos que tanto turismo, como educación y empleo son materias traspasadas a cada una de ellas. Y entre las tres conforman un trípode perfecto en el que apoyar las bases de una política seria que facilite la incorporación de cualquier tipo de colectivo al mercado laboral.
Ya sabemos que el sector sufre de la estacionalidad como una auténtica espada de Damocles, pero precisamente por eso, no tiene mucho sentido perpetuarse en los planes de estudio que no faciliten la incorporación al mercado laboral de los más jóvenes, o las prácticas de empresa de una manera más decidida y útil para el trabajador y el empresario, por ejemplo.
En el plano de la ocupación, lo más parecido que se ha hecho para ayudar al sector fue precisamente reconvertir a trabajadores provenientes de una construcción en crisis, en personal para la hostelería. Aumentando así el carácter de sector refugio de empleo. Pero sin darle continuidad con una apuesta clara por la calidad y especialización de sus profesionales. Y por supuesto sin planes de ayuda tal como ocurre en otros sectores como la agricultura, la automoción o en su momento el ya mencionado de la construcción, que llegó incluso a disponer de fondos europeos para ello.
Con este escenario no es de extrañar que buena parte del sector esté esperando que la robótica irrumpa de manera efectiva como la gran solución a los problemas de la mano de obra actuales. Mi opinión es que el trabajador de la hostelería tal como lo conocemos actualmente va camino de desaparecer, y paradójicamente, no por la irrupción de nuevas tecnologías y hábitos de consumo, que también… Sino sobretodo, por la problemática que plantea su dependencia y escasez en momentos determinados de la temporada.
En su lugar, serán aquellas personas con una marcada vocación, capaces de trasmitir emociones, historias y de empatizar de manera natural con los clientes y sus propios compañeros, los que a la postre, formarán parte de esta industria turística.
Harán bien los empresarios en empezar a buscar entre sus plantillas a personas que reúnan este tipo de valores, en especial la de adaptación al cambio, para ganar competitividad en un futuro próximo. Y abstenerse, de la tentación de aplicar políticas cortoplacistas enfocadas a valorar a los trabajadores sola y exclusivamente por su peso en una cuenta de explotación.
Pero de momento y hasta que llegue ese día. Urge, de manera casi agónica, una mayor profesionalización de los empleados del sector, y no precisamente elitista, sino centrada especialmente en aquellos que ocupan puestos base en nuestras organizaciones, como una de las pocas medidas para aumentar la rentabilidad de sus puestos y porque no, su remuneración.










