Turismo Transversal

" El turismo como actividad clave para vertebrar el desarrollo de las regiones."


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La falta de mano de obra, la crisis definitiva del sector turístico.

Cada día me quedan menos dudas de la profunda crisis que está atravesando el sector turístico en general y la hostelería en particular y que a pesar de todo sigue maquillándose gracias a los buenos resultados económicos que se alcanzan año tras año.

Lógicamente no me refiero a una crisis de precios. Ni a la de credibilidad, a pesar de los numerosos movimientos vecinales que denuncian la presión que sufren debido a la actividad turística en sus lugares de residencia, y eso que ambos temas dan para mucho. Pero lo que de verdad considero un problema estratégico capaz de dinamitar la buena salud de este sector desde dentro, no es otro que la falta de personal cualificado a pesar de los múltiples esfuerzos que casi todas las empresas vienen realizando por retener el talento, especialmente después de la pandemia.

La falta de atractivo de la profesión, las dificultades de conciliación, la precariedad laboral debido a la alta estacionalidad, o la alta rotación y baja fidelización motivadas por la constante demanda de este tipo de profesionales, son aspectos fundamentales que amenazan la competitividad de las empresas y la propia capacidad de progresión profesional de los trabajadores del sector.

En concreto el desafío de la gestión de los recursos humanos en el sector turístico español se encuentra con múltiples causas pero las más críticas en mi opinión son las siguientes:

1.- La pérdida de empleos y de talento. En especial después de la crisis humanitaria motivada por el Covid 19. Muchos de los trabajadores del turismo se pasaron a otros sectores y salieron para siempre de este mercado laboral, lo que ha provocado una gran fuga de talento, pero también y no menos importante, la pérdida de una experiencia muy difícil de recuperar.

2.- La falta de formación y de cualificación. La propia patronal Española cifra en torno al 60% de los trabajadores de este sector con un nivel de estudios bajo, que no supera en muchos casos el secundario. Además la polarización de muchas de las empresas turísticas y de hostelería dificulta los planes de formación continua tan necesarios para adaptarse a los cambios tecnológicos, sociales y medioambientales que demanda el mercado. Y por si fuera poco muchos de los planes que se dirigen al turismo son planes de reciclaje para ofrecer salidas profesionales en otros sectores, en lugar de pensar en mejorar la capacitación y condiciones laborales en este.

3.- Falta de atractivo y de reconocimiento de la profesión. Desde hace años el sector turístico tiene una imagen negativa asociada especialmente a la estacionalidad, la temporalidad, la inestabilidad, la escasa remuneración y la escasa proyección profesional y social, Eso ya de por si desanima a cualquiera, pero es que además en los últimos años algunos empresarios y profesionales han tenido que escuchar como les acusan de ser poco menos que los causantes de otros problemas sociales como la vivienda, la masificación o incluso la delincuencia en determinados destinos.

4.- La falta de adaptación y de innovación. Según datos del INE, en 2019 el porcentaje de las empresas turísticas que declaraban no haber realizado ninguna actividad de innovación era del 51.9%, frente al 36.8% del conjunto de empresas del resto de sectores. Un número excesivo que dificulta la adaptación a las nuevas tendencias y demandas de la sociedad y de los propios clientes. Si a esto le sumamos la irrupción de la IA en un sector como el de los agentes de viajes, con una escasa o nula formación sobre una herramienta con semejante potencial, la catarsis de algunos subsectores está servida.

Después de haber superado la Pandemia, haber pulverizado el pasado año 2023 los datos conseguidos en el 2019 y haber recuperado, además, la confianza de los inversores que cerraron en 2023 con una cifra de negocio cercana a los 4.000 millones de euros tan solo en activos hoteleros. La auténtica amenaza se cierne en la imposibilidad de encontrar profesionales capaces de liderar los proyectos y el crecimiento de un sector que cada día es más competitivo y dinámico a pesar de la imagen que se cierne sobre él.

Urge encontrar soluciones para una crisis que no es sencilla y que no parece poder resolverse de manera unilateral por parte de nadie.

En el plano más doméstico de las empresas, estas tienen que hacer un esfuerzo por facilitar la conciliación familiar. Esto ya no es un privilegio reservado a algunos puestos dentro de las organizaciones, aquellos que en otro tiempo conocíamos como los de «las oficinas», sino que es imperativo que después de cubrir los distintos turnos de servicio todos los trabajadores tengan ocasión de conciliar mínimamente su vida laboral y familiar. Afortunadamente es un paradigma que también está cambiando en el conjunto de la sociedad, que hace que por ejemplo, muchos restaurantes hayan podido adelantar su hora de cierre o puedan descansar más de un día a la semana sin ver excesivamente perjudicado su negocio.

Tan importante como esto, es la opción de facilitar el acceso a la vivienda, especialmente en aquellos destinos más estacionales. Y es cierto que no somos el único sector que lo sufre. Solo hay que preguntar estos días a los responsables de las explotaciones agrícolas en entornos rurales que no son a priori destinos turísticos, para darse cuenta de que es un problema general de carácter estructural. Pero mientras en la sociedad cale el mensaje de que la falta de vivienda es culpa del alojamiento turístico, lo cierto es que son pocas las administraciones que se muestran receptivas a aplicar las soluciones propuestas desde el propio sector. Hecho que aboca inevitablemente a tener que asumir el sobrecoste de financiar dichas viviendas de la formas más imaginativas, con cargo a la cuenta de explotación de los propios negocios.

Sin embargo, la que considero que es la gran asignatura pendiente por parte del sector en materia de recursos humanos es precisamente la de conseguir trasladar a la sociedad que los puestos de trabajo ofertados por esta industria de la felicidad, van más allá del personal de restauración o limpieza. Sino que las organizaciones turísticas ofertan un gran número de puestos de trabajo que ofrecen la posibilidad de desarrollar carreras profesionales muy satisfactorias que no solo se limitan a la atención al cliente. Pilotos, arquitectos, diseñadores, nutricionistas, expertos en relaciones laborales, docentes, instaladores, responsables de compras y por supuesto los indispensables ingenieros de sistemas. Son solo algunos ejemplos de los perfiles que también son indispensables en este sector.

Además, el sector turístico juega un papel fundamental que favorece en muchos casos la economía circular de las zonas en las que se ubica. Es gracias a la sensibilidad y compromiso de muchos de sus directivos por alcanzar el mayor número de objetivos de desarrollo sostenible posibles, por lo que sus acciones de responsabilidad social corporativa van desde la mejora de los entornos naturales que los rodean, hasta la inclusión social de algunos trabajadores con dificultades para encontrar un hueco en otras áreas. Pasando por supuesto, por todo tipo de interacciones que dinamizan el tejido económico de su entorno y en muchos casos liderando incluso políticas de reciclaje y reutilización de residuos.

Una asignatura pendiente, como decía, que será fundamental para luchar contra la verdadera crisis interna que amenaza nuestro sector.


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El turismo frente al conflicto armado de Ucrania.

Justo cuando el sector turístico de media Europa veía esperanzado la posibilidad de dejar atrás la crisis generada por la Pandemia del Covid-19, encarando una primavera con un claro síntoma de recuperación. El pasado 23 de Febrero la administración rusa que comanda Vladimir Putin, decidió traer la guerra al corazón de la vieja Europa, nada más y nada menos que invadiendo la soberanía de su vecina Ucrania.

Pensar que este conflicto afectará solo a aquellos destinos receptores de clientes rusos o ucranianos es tan ingenuo como erróneo, la guerra que se está librando a tan solo 3.400 kilómetros de nuestras fronteras no sólo supone una absoluta catástrofe humanitaria. También afectará, como cualquier otro conflicto bélico, a las actividades económicas y el turismo es una de ellas. Una a la que no solo le afecta el encarecimiento de la energía o la escasez de materias primas, sino que además, vive necesariamente de la movilidad de las personas.

Si esto no se complica más de lo habitual, ya que hay que recordar que hablamos de una de las grandes potencias nucleares del planeta con la guerra a las puertas de su casa. Estas son, por lo menos, algunas de las amenazas con las que vamos a tener que convivir fruto de este nuevo conflicto armado:

  • El aumento del precio de la energía. Especialmente el de la electricidad, condicionado en parte por el precio del gas, del que Rusia es uno de los principales exportadores a nivel mundial.
  • El fantasma de la inflación, ya que al subir el precio de los suministros, aumentará a su vez el coste de producir cualquier producto o servicio.
  • La perdida de ingresos en sectores como el agroalimentario con una balanza que era mayoritariamente favorable a las empresas de nuestro país.
  • El aumento del precio del petróleo, y por lo tanto, el encarecimiento de los transportes y de los viajes.
  • La desaparición de las ganas de viajar, independientemente de que tu país no esté en guerra, esta demostrado que existe una lógica reticencia fruto del miedo y la incertidumbre.
  • El cierre de espacios aéreos, que en la práctica complicarán y encarecerán las actuales rutas aéreas.
  • La escasez de materias primas derivada del miedo a no encontrarlas o a no poder importarlas.
  • La guerra también tiene un plano financiero y la banca se vuelve más cauta reduciendo las posibilidades de acceder a créditos y otros tipos de financiación.  
  • El aumento de la desconfianza entre oriente y occidente, junto a cierta autarquía por parte de algunos países ya reacios a los intercambios derivados de la globalización.
  • El éxodo y los movimientos masivos de refugiados que huyen para ponerse a salvo de la guerra con la consiguiente presión sobre los paises de acogida.

Francamente, después de revisar brevemente los distintos problemas que pueden derivarse de este conflicto, el hecho de que no vengan a llenar la Costa del Sol este verano me parece el menor de ellos. Los conflictos bélicos generan de manera inmediata rechazo por parte de los turistas, así como impactos económicos y daños a las infraestructuras, recursos y equipamientos turísticos en el país que los sufre. Pero también despiertan los más básicos instintos de precaución y supervivencia, que son antagónicos a la curiosidad y las ganas de descubrir, motivaciones fundamentales en el proceso del viaje.

Hasta la reciente invasión de Ucrania por parte de Rusia la mayoría de los conflictos armados se desarrollaban en los países subdesarrollados, paradójicamente los mismos que tendrían en el turismo una herramienta para solventar sus crisis económicas, es por todos conocido que las guerras y los conflictos geopolíticos son los principales factores disuasivos del turismo en una región, puesto que la seguridad es uno de los elementos fundamentales para los turistas en el momento de emprender un viaje.

Habrá que ver como encaran los ciudadanos europeos un conflicto que en esta ocasión no se produce lejos de sus fronteras ni por etnias que pudieran serles distantes, sino que en esta ocasión los afectados son los habitantes de ciudades con un día a día y un nivel de vida muy parecido al suyo.