Turismo Transversal

" El turismo como actividad clave para vertebrar el desarrollo de las regiones."


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La falta de mano de obra, la crisis definitiva del sector turístico.

Cada día me quedan menos dudas de la profunda crisis que está atravesando el sector turístico en general y la hostelería en particular y que a pesar de todo sigue maquillándose gracias a los buenos resultados económicos que se alcanzan año tras año.

Lógicamente no me refiero a una crisis de precios. Ni a la de credibilidad, a pesar de los numerosos movimientos vecinales que denuncian la presión que sufren debido a la actividad turística en sus lugares de residencia, y eso que ambos temas dan para mucho. Pero lo que de verdad considero un problema estratégico capaz de dinamitar la buena salud de este sector desde dentro, no es otro que la falta de personal cualificado a pesar de los múltiples esfuerzos que casi todas las empresas vienen realizando por retener el talento, especialmente después de la pandemia.

La falta de atractivo de la profesión, las dificultades de conciliación, la precariedad laboral debido a la alta estacionalidad, o la alta rotación y baja fidelización motivadas por la constante demanda de este tipo de profesionales, son aspectos fundamentales que amenazan la competitividad de las empresas y la propia capacidad de progresión profesional de los trabajadores del sector.

En concreto el desafío de la gestión de los recursos humanos en el sector turístico español se encuentra con múltiples causas pero las más críticas en mi opinión son las siguientes:

1.- La pérdida de empleos y de talento. En especial después de la crisis humanitaria motivada por el Covid 19. Muchos de los trabajadores del turismo se pasaron a otros sectores y salieron para siempre de este mercado laboral, lo que ha provocado una gran fuga de talento, pero también y no menos importante, la pérdida de una experiencia muy difícil de recuperar.

2.- La falta de formación y de cualificación. La propia patronal Española cifra en torno al 60% de los trabajadores de este sector con un nivel de estudios bajo, que no supera en muchos casos el secundario. Además la polarización de muchas de las empresas turísticas y de hostelería dificulta los planes de formación continua tan necesarios para adaptarse a los cambios tecnológicos, sociales y medioambientales que demanda el mercado. Y por si fuera poco muchos de los planes que se dirigen al turismo son planes de reciclaje para ofrecer salidas profesionales en otros sectores, en lugar de pensar en mejorar la capacitación y condiciones laborales en este.

3.- Falta de atractivo y de reconocimiento de la profesión. Desde hace años el sector turístico tiene una imagen negativa asociada especialmente a la estacionalidad, la temporalidad, la inestabilidad, la escasa remuneración y la escasa proyección profesional y social, Eso ya de por si desanima a cualquiera, pero es que además en los últimos años algunos empresarios y profesionales han tenido que escuchar como les acusan de ser poco menos que los causantes de otros problemas sociales como la vivienda, la masificación o incluso la delincuencia en determinados destinos.

4.- La falta de adaptación y de innovación. Según datos del INE, en 2019 el porcentaje de las empresas turísticas que declaraban no haber realizado ninguna actividad de innovación era del 51.9%, frente al 36.8% del conjunto de empresas del resto de sectores. Un número excesivo que dificulta la adaptación a las nuevas tendencias y demandas de la sociedad y de los propios clientes. Si a esto le sumamos la irrupción de la IA en un sector como el de los agentes de viajes, con una escasa o nula formación sobre una herramienta con semejante potencial, la catarsis de algunos subsectores está servida.

Después de haber superado la Pandemia, haber pulverizado el pasado año 2023 los datos conseguidos en el 2019 y haber recuperado, además, la confianza de los inversores que cerraron en 2023 con una cifra de negocio cercana a los 4.000 millones de euros tan solo en activos hoteleros. La auténtica amenaza se cierne en la imposibilidad de encontrar profesionales capaces de liderar los proyectos y el crecimiento de un sector que cada día es más competitivo y dinámico a pesar de la imagen que se cierne sobre él.

Urge encontrar soluciones para una crisis que no es sencilla y que no parece poder resolverse de manera unilateral por parte de nadie.

En el plano más doméstico de las empresas, estas tienen que hacer un esfuerzo por facilitar la conciliación familiar. Esto ya no es un privilegio reservado a algunos puestos dentro de las organizaciones, aquellos que en otro tiempo conocíamos como los de «las oficinas», sino que es imperativo que después de cubrir los distintos turnos de servicio todos los trabajadores tengan ocasión de conciliar mínimamente su vida laboral y familiar. Afortunadamente es un paradigma que también está cambiando en el conjunto de la sociedad, que hace que por ejemplo, muchos restaurantes hayan podido adelantar su hora de cierre o puedan descansar más de un día a la semana sin ver excesivamente perjudicado su negocio.

Tan importante como esto, es la opción de facilitar el acceso a la vivienda, especialmente en aquellos destinos más estacionales. Y es cierto que no somos el único sector que lo sufre. Solo hay que preguntar estos días a los responsables de las explotaciones agrícolas en entornos rurales que no son a priori destinos turísticos, para darse cuenta de que es un problema general de carácter estructural. Pero mientras en la sociedad cale el mensaje de que la falta de vivienda es culpa del alojamiento turístico, lo cierto es que son pocas las administraciones que se muestran receptivas a aplicar las soluciones propuestas desde el propio sector. Hecho que aboca inevitablemente a tener que asumir el sobrecoste de financiar dichas viviendas de la formas más imaginativas, con cargo a la cuenta de explotación de los propios negocios.

Sin embargo, la que considero que es la gran asignatura pendiente por parte del sector en materia de recursos humanos es precisamente la de conseguir trasladar a la sociedad que los puestos de trabajo ofertados por esta industria de la felicidad, van más allá del personal de restauración o limpieza. Sino que las organizaciones turísticas ofertan un gran número de puestos de trabajo que ofrecen la posibilidad de desarrollar carreras profesionales muy satisfactorias que no solo se limitan a la atención al cliente. Pilotos, arquitectos, diseñadores, nutricionistas, expertos en relaciones laborales, docentes, instaladores, responsables de compras y por supuesto los indispensables ingenieros de sistemas. Son solo algunos ejemplos de los perfiles que también son indispensables en este sector.

Además, el sector turístico juega un papel fundamental que favorece en muchos casos la economía circular de las zonas en las que se ubica. Es gracias a la sensibilidad y compromiso de muchos de sus directivos por alcanzar el mayor número de objetivos de desarrollo sostenible posibles, por lo que sus acciones de responsabilidad social corporativa van desde la mejora de los entornos naturales que los rodean, hasta la inclusión social de algunos trabajadores con dificultades para encontrar un hueco en otras áreas. Pasando por supuesto, por todo tipo de interacciones que dinamizan el tejido económico de su entorno y en muchos casos liderando incluso políticas de reciclaje y reutilización de residuos.

Una asignatura pendiente, como decía, que será fundamental para luchar contra la verdadera crisis interna que amenaza nuestro sector.


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Turistas vs rentabilidad. La asignatura de cada septiembre.

Estamos entrando en época de presupuestos, o como mínimo, al que más o al que menos le habrán pedido ya una proyección de como acabaremos el año. En estas fechas tan relajadas para la mayor parte de la población, a muchos colegas se les ha hecho más difícil el sueño y no precisamente por la ola de calor que estamos sufriendo.

Estamos ya a principios de agosto y según todos los pronósticos la mayoría de destinos van a volver a superar expectativas en cuanto a precio y a número de visitantes. Tanto es así que en escasos dos meses, hemos pasado de fijarnos los resultados “prepandemicos” como un objetivo, a tener claro que debemos situarlos en las tasas de mínimos.

Los precios de alojamientos han ido en aumento, con algunos al doble y el triple de hace un año. Igualmente, los vuelos no solo han subido considerablemente de precio, sino que muchas de las rutas aéreas vacacionales más conocidas han cambiado los aparatos que venían operando regularmente por modelos de aeronaves más grandes y con mayor capacidad de pasajeros. Tal como me confesaba hace escasos días un amigo comandante de una línea aérea de lujo.  “ –  En estos últimos veinte años, nunca se había visto tanta gente en el aeropuerto –“.

Los expertos auguran para el sector hotelero un 16% de incremento de precio y hasta un 11% más en ventas que niveles prepandemia.

Y a pesar de eso. Muchos responsables de negocios, en este caso hoteleros, asisten entre la frustración y la incredulidad a la tiranía de la última línea de su cuenta de resultados,

 – No, da…!!!-

¿Me habré equivocado en el Budget…?, ¿Habremos gestionado peor este año…? ¿Cómo es posible que no me lleve el aumento de ventas a la última línea del beneficio operacional…?

Lo que están descubriendo muchos colegas en su día a día es que, a pesar de ser un año récord de ventas, lo será previsiblemente también en cuanto al coste de prestar esos servicios. Los hoteleros calculan que entre el 12% y el 15% más de lo previsto debido a la inflación y el aumento de los precios de materias primas y suministros.

El problema no solo afecta a la explotación del Hotel. Para el turista el precio también será más alto por lo que muchas personas acortarán sus vacaciones o bien directamente no saldrán de viaje. Esto al menos, lo que puede hacer es aumentar el consumo de la habitual cesta de la compra, ya que, aunque sin excesos, la mayoría nos damos un capricho si tenemos más tiempo libre.

El aumento de precios, más que por parte del mercado nacional, que probablemente pinche en destinos interiores, se está produciendo gracias a la entrada de turistas extranjeros con mayor poder adquisitivo y que no sufre la inflación local. Obviamente una buena parte del turista español no puede hacer frente a los aumentos de IPC que los establecimientos trasladan a sus clientes ya que en muchos sectores, los salarios no se han visto modificados. Lo cual es muy difícil, debido a la reducción generalizada de márgenes del que os hablaba hace unos segundos. El coste de operación hace que no haya posibilidad de aumentar sueldos, e incluso algunos pequeños empresarios se están viendo obligados a reducir plantillas en plena temporada alta.

En nuestro país, vivimos actualmente una clara polarización entre el turismo de lujo y el que lucha por sobrevivir con costes cada día más altos. Recuerdo como hace pocos años parte del sector hotelero de un país como Andorra acabó luchando por pagar solo los suministros para poder seguir con la actividad mientras esperaba una mejora de la demanda que aumentase su rentabilidad. Como consecuencia de aquello muchos establecimientos quebraron, cambiaron de manos y parte del equilibrio en la oferta de alojamiento se rompió. Creedme si os digo que eso no es bueno y menos en un país como el nuestro donde existen un número muy elevado de Pymes y autónomos relacionados con el sector turístico. El 13% del PIB nacional está formado por todo tipo de turismo y no pueden haber dos velocidades dentro del tejido empresarial y menos aún con direcciones tan diferentes que acaben polarizándose.

La receta del fracaso es muy evidente si no se tiene garantizada la rentabilidad.  Menor productividad y eficiencia de los negocios, traslado de los costes a los consumidores, disminución de las ventas, falta de inversión y además falta de competitividad frente a otros mercados.

Ya intuiréis que lo que os voy a decir es la conveniencia de abordar el discurso turístico desde otros términos más allá del número de turistas que llegan a nuestro país, para no perder de vista la realidad de nuestro sector. Facturar más no es sinónimo de rentabilidad y supervivencia y el turismo es crucial hasta que no se estimulen otros sectores productivos. Genera empleo, muchos directos y muchísimos más indirectos. Es una entrada de divisas que equilibra la balanza de pagos y además ayuda al desarrollo local a través de inversiones para servicios que de otra forma serian difícilmente justificables.

Las soluciones para aumentar la rentabilidad con el panorama actual, no son fáciles…

Una mayor innovación tecnológica y de las inversiones, el rediseño de los servicios tradicionales y la mejora en las condiciones de contratación de suministros para mejorar la rentabilidad, no parecen soluciones fáciles de abordar en el corto plazo y menos aún con una renegociación de los convenios colectivos del sector a la vuelta de la esquina.

Por otro lado, ya nadie esconde que el turismo como tejido productivo tiene sus peligros. Sobretodo la volatilidad que tiene como actividad a veces sujeta a algo tan caprichoso como el clima. La sobreexplotación de recursos en lugares donde no se ha diseñado bien su impacto y el aumento del coste de la vida para los residentes en aquellos lugares que son destinos de primer orden.  Por eso no nos cansaremos de reclamar una visión lo más transversal y amplia de los datos que se facilitan públicamente.

Por cierto, otro dato confuso fruto de su estacionalidad es la distorsión de las cifras del paro ya que ahora se consideran fijos discontinuos a personas que están paradas esperando la temporada de trabajo. Algo que a priori no reduce el coste de los subsidios al acabar la temporada turística.

En resumen. Si la inflación es superior como todo parece indicar al aumento de los ingresos, entonces el teórico crecimiento resulta que no es tal. Y esto puede convertirse en la peor noticia en lo que va de año.

Que el turismo se recupere es bueno. Que la lectura de su crecimiento sea sesgada no lo es…,

Pero que los profesionales del sector participemos de esa euforia sin el más elemental de los análisis, es simplemente catastrófico.


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¿Qué nos espera tras la remontada del último verano?.

Acabo de hablar con un amigo de una importante cadena hotelera que está tremendamente contrariado y más que preocupado por la subida de precios de cara al próximo invierno que plantea su propio departamento de revenue. Lo cierto es que uno se siente algo identificado cuando tiene que explicar lo que sospechas que se nos viene encima y enfrentarlo, ( no existe una palabra que lo defina mejor…) a la evidencia empírica de los asombrosos crecimientos que registramos en el sector de invierno el año pasado. Parece que hemos olvidado el síndrome de estampida que experimentó el turismo de esquí tras cerca de dos años sin acceder a las pistas debido a la pandemia y cuyos efectos de «liberación» o de «tirar la casa por la ventana», vaya usted a saber, se ha mantenido hasta este mismo verano.

Para la mayoría de los ahorros que las familias consiguieron durante la Pandemia no había un mejor destino que el de aliviar esa sensación de encierro y de carencia de movilidad que tan poco tiene que ver con el carácter aventurero y relacional de la mayoría de los habitantes del primer mundo.

Pues bien, os traslado las reflexiones en voz alta que he compartido con mi amigo ya que lógicamente no tendremos datos empíricos hasta que esto haya pasado y eso ocurrirá, coincidiendo con el cierre del último trimestre.

En primer lugar está la inflación, que no solo es un buen tema para abrir telediarios, sino que afecta directamente a los precios y por lo tanto al conjunto de la actividad económica. Si bien es cierto que está por ver si acabará por ser el preludio de una recesión, lo que es innegable es que encarece los costes, y frente a esto los empresarios o bien reducen sus márgenes o bien tienen que incrementar los precios. Es decir tienen que escoger entre perder competitividad o rentabilidad. Esa no deja de ser una decisión estratégica al que todo empresario ha tenido que hacer frente el algún momento, así que diríamos que es hasta fácil. Lo que sospechamos algunos, sobretodo después de la subida de tipos de interés, es que el verdadero objetivo no es otro que el de contraer la economía de la zona Euro a un consumo más sostenible por aquello de que hay que hacer frente a los efectos de la guerra. Y claro, cuando el objetivo es apretar el bolsillo de todos los europeos por igual, el ocio en general y el turismo en particular es una de las primeras cosas que se resienten.

Hablando del tema de la guerra, los efectos por la desaparición del mercado ruso en algunos lugares de costa ha sido casi inapreciable gracias al mercado nacional y el de proximidad, principalmente el francés. Pero los presidentes de ambos países ya han advertido del duro invierno que tenemos por delante, por lo que no parece muy razonable pensar que este fenómeno vaya a producirse una segunda vez y menos en invierno.

En un lugar como el Valle de Arán, al que considero como un pequeño laboratorio de tendencias con un cliente perteneciente mayoritariamente a un segmento medio o medio-alto, el aumento de las ocupaciones ha sido lineal en los meses entre enero y julio. Sin embargo, en agosto se estancaron por debajo del año pasado y actualmente se está produciendo un cambio de tendencia que hace que en los meses de otoño e invierno se haya producido cierta desaceleración, a pesar de ir precisamente hacia su temporada alta. Algo que indica que después de las alegrías de verano el consumidor está empezando a mirar su bolsillo con más cuidado y probablemente no esté dispuesto a pagar cualquier precio tal como ha venido haciendo hasta finales del verano.

Pero para que no se diga que en esta crisis no vemos una oportunidad… Si algo bueno puede tener la actual situación en el plano de la demanda, es que la depreciación del euro frente al dólar puede hacer que nuestro país resulte más atractivo para los estadounidenses, sobretodo ahora que han declarado oficialmente el fin de la pandemia. De manera que los amantes de pasar los inviernos en las Rocosas, quizás se lo replanteen este año y opten por algún destino nacional, menos glamouroso, pero que duda cabe que más cercano y acogedor.

Otro tema que no es menor para el empresario de cara a los próximos meses tiene que ver con la dificultad para encontrar al personal que debe formar sus equipos. Algo que si bien no creo que sea tan crítico como el último invierno, desde luego no parece que se haya solucionado. Y es que al problema de la masiva fuga de talento y el enorme coste que tiene para las empresas la pérdida de capital humano formado, se ha unido una campaña estresante especialmente en la costa y las islas que hace que los trabajadores ansíen aún más que antes cambios sustanciales en sus condiciones laborales. Y esto, a falta de una mayor dignificación del sector, se traduce directamente en un mayor coste de la partida de sueldos y salarios en la cuenta de explotación de cualquier negocio.

Por cierto, del tema de los suministros, y del papel de las empresas de distribución. Mejor ni hablamos.


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El invierno de la tormenta perfecta.

Y no…, no me refiero a una de nieve que haya abonado nuestras montañas. Sino a la tremenda crisis provocada por los problemas en la falta de mano de obra, ya no me atrevo a pedir cualificada, con la que nos hemos encontrado este invierno en la mayoría de los destinos de montaña del Pirineo.

Decía Sófocles que «…acostada en medio de la desdicha, el alma ve mucho…» y a mi me da que antes de que se nos vaya definitivamente este invierno y se nos olviden las «peripecias» de los últimos meses. Es un buen momento para reflexionar sobre los distintos factores que nos han llevado hasta la actual situación, confiando en que el alma encuentre la manera de revertirla antes de que vuelva a repetirse el próximo mes de noviembre.

Conste que todos veníamos avisados de la creciente «crisis de talento» que sobrevolaba al sector turístico en general, y a la hostelería en particular. Especialmente tras el parón provocado por la Pandemia y las esperanzadoras declaraciones que han venido realizando algunos políticos que afirmaban que este es un sector que aporta poco valor añadido, estacional y precario. Un chollo, vamos…

El resultado, entre otros, ha sido una constante fuga de mano de obra hacia otros sectores percibidos como más seguros. Aunque en honor a la verdad no podemos decir que este haya sido el único motivo de la situación vivida este pasado invierno. Muchos de los problemas ya eran endémicos y característicos del sector. Otros en cambio, han venido a sumar en contra de las ya escasas posibilidades de reclutamiento a las que las empresas, incluidas las de trabajo temporal, han tenido que hacer frente para encontrar un candidato.

Vayamos viendo algunos de los elementos que han contribuido a desencadenar esta tormenta perfecta, vivida esta pasada temporada.

1.- Las diversas prórrogas de los ERTES hasta marzo. Lo que durante el mes de septiembre tenia ilusionado a muchos empresarios frente a la posibilidad de volver a su actividad profesional se desvaneció a partir del día 28 con el anuncio de la prórroga de los ERTE. Muchas de las personas que se veían de nuevo incorporándose a la actividad optaron por acogerse a unos subsidios que han acabado prorrogándose hasta el 31 de marzo del 2022 y que en la práctica han dejado a parte del sector sin la mano de obra necesaria.

2.- Los bajos salarios de algunos de los convenios colectivos. Desengañémonos. Nuestro sector no recoge precisamente lo que podríamos llamar unas condiciones laborales seductoras. La escasa diferencia entre el salario a percibir y el subsidio reconocido por el Gobierno, ha sido uno de los motivos por los que algunas personas han preferido quedarse en casa en modo «ahorro».

3.- La falta de vivienda. Los desorbitados precios del alquiler y la falta de oferta de alojamiento de media estancia en favor del vacacional que se registra en los destinos turísticos, han acabado por arruinar las posibilidades de desplazamiento de muchos trabajadores. Aunque muchos de los establecimientos han optado por facilitarles el alojamiento a sus empleados, la imposibilidad de tener un mínimo de posibilidades de conciliación y de privacidad, han hecho que muchas personas hayan optado por no hacer temporada de invierno, y un buen número de los que lo han hecho, han traspasado el riesgo de hacer frente al alquiler al empleador, ante la incertidumbre de continuidad laboral que despertaba la nueva ola de contagios.

4.- Aumento en las aspiraciones profesionales del trabajador. Y no solo la salarial, difícil de afrontar por cierto, para un empresariado en muchos casos sin liquidez, tras dos años sin ingresos. Es que además en la actualidad el trabajador aspira a trabajar mejor, estar más cómodo en su puesto y tener más tiempo libre. Algo difícil de armonizar con la frenética e intensa dinámica de la temporada de invierno.

5.- El techo de ingresos. La prohibición de poder trabajar más de 80 horas extras por contrato hacen que la imposibilidad de conseguir más ingresos ya no compensen ni el aumento de la jornada, ni la ausencia de descansos. En los casos en los que es el empresario el que le limita las horas al trabajador, además aparecen la frustración y el replanteamiento de si realmente vale la pena dedicarse a esto o no…

6.- Cambio de Valores. Muchos trabajadores ya no se plantean trabajos que no permitan una simultaneidad entre las obligaciones y tiempo libre. Algo muy difícil de conciliar en trabajos que exigen de la presencialidad como es el caso de la hostelería. Pero además aspiran a un entorno en el que puedan compartir sus principios y valores, especialmente aquellos relacionados con la sostenibilidad, el medioambiente o la responsabilidad social. Y esto es aún difícil de aplicar dentro de algunas de las tipologías de empresas, especialmente las más pequeñas.

7.- La gestión de la sexta ola. Ya sea por la poca gravedad de los contagios de esta última ola, por la saturación burocrática del sistema sanitario, por el hartazgo de la población o por todas ellas juntas. Lo cierto es que facilitar las bajas médicas tomando como prueba el autodiagnóstico de un test de antígenos ha hecho que el absentismo se elevase hasta el 12-15% de las plantillas en plena campaña de Navidades, en algún caso, coincidiendo con los días de mayor carga de trabajo.

El problema aunque explicado en clave local, tiene una dimensión absolutamente global y afecta a varios países a escala internacional según reconoce un informe de WTTC. Uno de los más afectados es otra potencia turística como son los Estados Unidos, donde se calcula que actualmente existen cerca de 6.6 millones de vacantes. Pero es que en países con menor tradición turística y de acogida como Dinamarca o Inglaterra, ya se están planteando cambiar por completo el profesiograma y la remuneración de un puesto de trabajo como el de camarero.

A pesar de que estoy convencido de que este es un sector con una gran capacidad de construir experiencias y carreras profesionales increíbles, no es menos cierto que está obligado a cambiar después de que la Pandemia haya destapado sus debilidades y precipitado cambios que antes ni se planteaban. La hostelería ha pasado de ser un sector refugio de empleo a uno de máximo riesgo y volatilidad. Y eso puede acarrear serias consecuencias en la calidad y la viabilidad de los proyectos. La mejora salarial, un mayor reconocimiento social y la necesaria conciliación social son actualmente el auténtico nudo gordiano que va a tener que desenredar el sector para recuperar su atractivo y hacer frente a las renovadas ganas de viajar de la población.


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¿Conoces a alguien…? La temida pregunta del verano.

La falta de mano de obra para cubrir los puestos de trabajo empieza a ser un problema recurrente para los gestores de empresas de servicios.  Pero desde hace ya unos años, el problema se acrecenta cada vez que se acerca la temporada de verano en la práctica totalidad de los destinos turísticos.

A los motivos intrínsecos a la actividad, principalmente en el caso de la hostelería, que no la convierten precisamente en una profesión de las más demandadas en los planes de estudio de los jóvenes. Le ha salido además la imposibilidad de conseguir remuneraciones que permitan compensar tales esfuerzos. Y es que hasta ahora, los inconvenientes producidos por la dureza de los horarios de trabajo, la ausencia de fines de semana o festivos con que conciliar mínimamente la vida familiar, o el propio desgaste que genera la constante atención al cliente, se veían mayoritariamente sufragados en el momento de recibir la nómina a final de mes.

Por cierto, si alguien piensa que esto es una exageración debería saber que la OMS ya ha reconocido como enfermedad el coloquial «burnout», es decir el síndrome del desgaste profesional. Y que ninguna de las situaciones anteriores ayudan a mitigarla.

Que no se entienda mal. Desde luego, nadie esta a favor de plantear un marco donde se fomenten los abusos ni la picaresca para defraudar al fisco. Y aunque seguramente todos hemos oído hablar de casos en este sentido, queda claro que este tipo de prácticas están muy lejos de la mayoría de empresarios responsables que forman parte del tejido empresarial turístico de este país.

De lo que se trata es de acompañar la nueva normativa con la posibilidad de aumentar en determinados casos ese numero de horas dentro del marco de determinados convenios colectivos. La actual regulación que acota aún más la posibilidad de poder realizar ese  máximo de 80 horas extras, ya ha dado al traste con el interés de muchos trabajadores de temporada que cuentan con ese sobre-ingreso para poder volver a sus casas con un colchón económico suficiente con que pasar los meses de inactividad hasta la próxima temporada dado que en sus lugares de residencia no existen ofertas de trabajo suficientes. Aclaro. Sencillamente no existen.  Ni estas,  ni otras.

Dicho de otro modo, con la posibilidad de ingresar por un importe aproximado de 2 semanas más de trabajo (80 hrs) no se sostienen familias durante los 4 o 5 meses restantes, en el mejor de los casos.

El boom de las VUT tampoco ayuda a crear oportunidades reales para ganarse la vida. Los precios de algunos apartamentos ocupados tradicionalmente por trabajadores han llegado a triplicar sus precios. Y el colmo del surrealismo, se produce en aquellos complejos donde el propio empresario ha puesto a la venta alojamientos que antes destinaba como habitaciones para albergar a sus empleados. Es el caso de algunos negocios ubicados en auténticos «prime line» que ahora confían en que sus plantillas se puedan costear algo cuatro calles más arriba…

Con este panorama no es de extrañar que la búsqueda de personal en algunos lugares este llegando a enfrentar a los propios empresarios, ya que muchos trabajadores «sacrifican» su lealtad por pura necesidad.

camareros

En esta tesitura sorprende que el grabe problema de la falta de mano de obra no entre como una prioridad básica en los planes estratégicos de desarrollo turístico de las comunidades autónomas o del gobierno.

En el caso de las primeras recordemos que tanto turismo, como educación y empleo son materias traspasadas a cada una de ellas. Y entre las tres conforman un trípode perfecto en el que apoyar las bases de una política seria que facilite la incorporación de cualquier tipo de colectivo al mercado laboral.

Ya sabemos que el sector sufre de la estacionalidad como una auténtica espada de Damocles, pero precisamente por eso, no tiene mucho sentido perpetuarse en los planes de estudio que no faciliten la incorporación al mercado laboral de los más jóvenes, o las prácticas de empresa de una manera más decidida y útil para el trabajador y el empresario, por ejemplo.

En el plano de la ocupación, lo más parecido que se ha hecho para ayudar al sector fue precisamente reconvertir a trabajadores provenientes de una construcción en crisis, en personal para la hostelería. Aumentando así el carácter de sector refugio de empleo. Pero sin darle continuidad con una apuesta clara por la calidad y especialización de sus profesionales. Y por supuesto sin planes de ayuda tal como ocurre en otros sectores como la agricultura, la automoción o en su momento el ya mencionado de la construcción, que llegó incluso a disponer de fondos europeos para ello.

Con este escenario no es de extrañar que buena parte del sector esté esperando que la robótica irrumpa de manera efectiva como la gran solución a los problemas de la mano de obra actuales.  Mi opinión es que el trabajador de la hostelería tal como lo conocemos actualmente va camino de desaparecer, y paradójicamente, no por la irrupción de nuevas tecnologías y hábitos de consumo, que también… Sino sobretodo, por la problemática que plantea su dependencia y escasez en momentos determinados de la temporada.

En su lugar, serán aquellas personas con una marcada vocación, capaces de trasmitir emociones, historias y de empatizar de manera natural con los clientes y sus propios compañeros,  los que a la postre,  formarán parte de esta industria turística.

Harán bien los empresarios en empezar a buscar entre sus plantillas a personas que reúnan este tipo de valores, en especial  la de adaptación al cambio, para ganar competitividad en un futuro próximo. Y abstenerse, de la tentación de aplicar políticas cortoplacistas enfocadas a valorar a los trabajadores sola y exclusivamente por su peso en una cuenta de explotación.

Pero de momento y hasta que llegue ese día. Urge, de manera casi agónica, una mayor profesionalización de los empleados del sector, y no precisamente elitista, sino centrada especialmente en aquellos que ocupan puestos base en nuestras organizaciones, como una de las pocas medidas para aumentar la rentabilidad de sus puestos y porque no,  su remuneración.