Un oso es un oso. La afirmación podría pasar como la perogrullada propia de un presidente de gobierno, sin embargo alguien debió obviar parte de su significado cuando pensó en su reintroducción en ámbitos naturales humanizados.
Pero empecemos por el principio, un oso es un oso, es decir, según una definición cualquiera, más bien tirando a facilona… » Es un mamífero plantígrado, del orden de los carnívoros de gran tamaño, cuerpo macizo, pelaje largo y abundante, cuello ancho, cabeza grande, fuertes garras… » Pues eso, un oso, Y claro, como carnívoro, o más bien omnívoro, es fácil deducir que no existe la compasión en su mesa. El que tenga alguna duda que eche un vistazo a la sala de despiece de cualquier matadero del otro gran omnívoro del planeta.
Así que todas las imágenes de animales destrozados publicados en algunos medios de comunicación, está claro que no perseguían un objetivo meramente informativo. La noticia habría sido encontrar cadáveres quirúrgicamente extirpados con sus vísceras ordenaditas al lado. Me da que el objetivo era generar un sensacionalismo barato. Ese del que últimamente hay que dotar a cualquier noticia para que lo consumamos la borregada y suscitar opiniones. En un sentido y en otro… Y claro, conseguido el objetivo, ahí ya entramos todos, a ver quien la dice más gorda. La lista no tiene desperdicio y os aseguro que no está extraída de las redes sociales, tan proclives a generar este tipo de controversias.
En estos últimos días hemos oído a representantes de asociaciones ecologistas asegurar que la culpa es de los ganaderos por ofrecer una especie de bufet libre a los osos. Periodistas generando crónicas que retratan más el comportamiento de un delincuente que el de un animal salvaje, ganaderos insinuando que los turistas pueden ser el próximo ágape del plantígrado, y una administración ineficiente y desbordada frente a los movimientos del único predador con GPS de todo el Pirineo. Y cuyo único pronunciamiento ha sido para convenir que hay que «trasladarlo».
Goiat es como esos obstáculos implacables que uno se encuentra en la vida una y otra vez, hasta que les prestas atención de verdad y trabajas para superarlos. Da igual como lo llamemos hoy, sino nos tomamos en serio la convivencia entre los distintos agentes e intereses del territorio, el año que viene tendrá otro nombre. Goiat es como nuestros miedos, un competidor implacable que nos ha sacado las vergüenzas a todos.

A una administración que pensaba que con llevar a cabo un programa de reintroducción habría cumplido con su objetivo y obligación para con sus administrados y las generaciones futuras.
A unas organizaciones ecologistas que a las primeras de cambio se han puesto en evidencia demostrando un completo desconocimiento sobre la realidad del mundo rural.
A algunos ganaderos que lo avalaron todo a los 150€ por cabeza perdida, pensando que no era necesario cambiar su modelo de producción de ganadería extensiva.
Y a una sociedad que, en general, vive cada día más de espaldas a las zonas rurales y las concibe, probablemente de manera inconsciente, como un gran parque temático alrededor de sus ciudades.
Y si. Ya sabemos que todos tenemos nuestra parte de razón y que en general nos molestan los cambios. Pero desgraciadamente no nos queda otro camino, porque el problema no es Goiat, somos nosotros. La buena noticia es que como seres inteligentes, (de verdad que no va con segundas…), tenemos la posibilidad de reconducir la situación siempre que hagamos un ejercicio de responsabilidad colectiva y dejemos de lado nuestras diferencias.
Avanzo que el que conciba el territorio solo desde su punto de vista, se equivoca de partida.
