Turismo Transversal

" El turismo como actividad clave para vertebrar el desarrollo de las regiones."


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Turismofobia y otras imprecisiones propias de las modas.

Hoy he visto en la prensa, la enésima polémica veraniega en cuanto a los problemas generados por el turismo a propósito del gran número de visitantes que reciben muchos de los pueblecitos que se encuentran repartidos por la geografía española. 

En esta ocasión una señora con un aspecto muy de aquí, se quejaba amargamente de que otros señores con un aspecto no menos nacional y sintiéndose también en su casa, que no en su pueblo…, invadían la totalidad de la población e interferían en su día a día…

  • Ni aparcar se puede – Se quejaba amargamente.
  • Pero el dinerito que traemos, bien lo quieren… – replicaba una supuesta forastera.
  • El municipio multiplica por ocho sus habitantes habituales y a pesar de haber reforzado los servicios no son suficientes, – explicaba su alcaldesa.
  • En una localidad vecina a dicho municipio otro alcalde ponía el foco en el insuficiente número de médicos para dar cobertura a los servicios sanitarios más básicos, ahora que además debían compartirlo con otras dos entidades municipales vecinas.

Esta vez el pueblecito en cuestión no era un destino turístico habitual, ni siquiera uno de esos que presumen de Iglesia, paraje natural o fiesta singular. Era sencillamente, uno de esos a los que volvemos para escapar de la rutina de la gran ciudad y donde la alameda, la piscina y el frescor de la noche tienen sabor a vacaciones.   

Tan solo dos alojamientos aparecen en la página de Booking, un hotelito de tres estrellas y una posada. Sin cruceristas, ni autocares, ni masificación hotelera, ni aparentemente, ningún desorden urbanístico que lamentar causado por apartamentos turísticos o exceso de segundas residencias.

La cantinela no es nueva pero esta me ha llamado poderosamente la atención por la sensación de rechazo que transmite frente a visitantes que poco tienen que ver con esa imagen de turista depredador del que hemos hablado en otras ocasiones. Cierto es que cada día salimos más y que la Pandemia ha hecho que redescubramos destinos de dentro de nuestras fronteras, pero este tipo de noticias me reafirman en la idea de que es necesaria cierta pedagogía para seguir siendo el país abierto y hospitalario que presumimos ser.

Que nadie se confunda, no estoy diciendo que ignoremos los problemas generados por la saturación y menos en aquellos lugares en los que esta sea una realidad. No cabe duda del sobrecoste que deben asumir algunos destinos turísticos debido al incremento del uso de sus recursos, servicios e infraestructuras en determinadas épocas del año. Lo que digo es que deberíamos ser capaces de generar unos mecanismos de equilibrio que compensasen ese flujo de población de lugares residenciales a vacacionales y por supuesto ser capaces de hacer partícipes de ello a las poblaciones de acogida.

La mayoría de municipios consideran que la riqueza que generan no se ve compensada con la redistribución tributaria y vienen reclamando desde hace tiempo una mejora de su financiación, ya que la cuantía que reciben tiene en cuenta solo la población censada, pero no la flotante y esta es en ocasiones, de cuatro a ocho veces mayor, además de concentrarse en periodos muy cortos y concretos del año.

En este sentido existen mil teorías y propuestas. Por existir, existe incluso la teoría de que la masificación no es mala, siempre que esté debidamente planificada.  Sus defensores contraponen los modelos de ciudades como Benidorm, frente a los de Barcelona y Venecia. En el caso de las dos últimas ninguna de ellas se ha construido con el fin de ser un destino turístico, pero a lo largo de los años han alcanzado tal grado de popularidad e interés y en consecuencia han acabado por recibir millones de turistas. Una situación que ha terminado por provocar una reacción negativa de buena parte de la población local que considera que solo recibe los costes y no los beneficios. Por el contrario, en el caso de la primera, sus defensores sostienen que ha sido diseñada y planificada para recibir un turismo de masas. Además, su población recibe y sobretodo “percibe” un beneficio directo precisamente de ese turista al que en otros sitios no querrían.  Sea por un motivo o por otro la realidad es que en el segundo caso no parecen haber conflictos ni turismofobia.

Esto desgraciadamente no es la receta para acabar con las tensiones generadas por la sobrecarga turística. En primer lugar, es muy probable que la mayoría de la población lo considere Benidorm como un lugar muy atractivo para vivir. Y además, el comportamiento que tenemos como sociedad hace difícil, sino imposible, encasillar las distintas tendencias turísticas en una sola motivación. Más bien al contrario. Si por un lado se radicaliza la actitud de parte de la población residente, también lo hace algunas de las experiencias demandadas por los turistas y fruto de ello llega el que ha venido a denominarse como “turismo de última oportunidad” que no es otra cosa que viajar a aquellos lugares con peligro de desaparecer como consecuencia principalmente del cambio climático. La gran barrera de Coral o el Ártico se han convertido en destinos muy atractivos para sumergirse o aventurarse a ver osos polares bajo el reclamo de lo que los sociólogos denominan “distinción social”. Es decir, la idea de permitirse un lujo difícilmente alcanzable, sin importar cual.

Habrá quién piense que es algo superfluo, casi inmoral si me permitís. Pero la realidad es que nuestra sociedad actual participa diariamente de actividades que son fruto de un capitalismo global y que se ha instaurado en nuestro comportamiento del día a día. En mi modesta opinión por delante del turismo se sitúan otros sectores como la ropa, el comercio o la alimentación, por ejemplo, aunque casi nadie hable de ellos.

No me negareis que hace falta cierta dosis de hipocresía para criticar a nuestro sector mientras algunos renuevan parte de su armario cada temporada, exigen tener un artículo proveniente de la última punta del planeta en menos de 48 horas o les importa un rábano la situación en la que se encuentra el ciclista que les acaba de traer la comida a casa con tal de no tener que bajar al restaurante.

Pues eso. Los viajes low cost son más de lo mismo. Solo que al menos en nuestro sector existen varios documentos que intentan poner algo de cordura en todo este mar de desatinos. La Declaración de Barcelona, El Manifiesto del Viajero Responsable o el Decálogo para Viajeros de la organización Biosphere Turismo, son algunas de las lecturas que recomiendo antes de lanzarse a participar de este mundo y a criticar a los demás.      


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Aspectos clave que amenazan la convivencia entre turistas y residentes.

Recuerdo cuando a mediados de los años ´90 y tras el éxito de Barcelona´92 algunas zonas de la capital condal se convirtieron de la noche a la mañana en zonas turísticas. A muchos barceloneses les sorprendió entonces descubrir las restricciones de acceso en algunas zonas del Parque Güell,  o las grandes colas en las aceras en torno a las entradas de la Sagrada Familia.

Pero en aquella época a nadie, ni por asomo, se nos había ocurrido acuñar el término turismofobia. Y no es que no nos molestase que de pronto tu barrio se convirtiera casi por completo en una zona azul de aparcamiento. Es que a nadie se le ocurría  culpar a aquellos amables señores, algunos ciertamente pintorescos, que tan amablemente habían escogido venir a gastarse su dinero en nuestra ciudad.

Muchas cosas han cambiado en los últimos 20 años, pero en mi opinión las dos que resultan clave son, y por este orden. Primero, que se han acrecentado los problemas y las desigualdades en las ciudades y segundo que parte de la sociedad ha decidido poner el foco de culpabilidad sobre el turismo.

En una ciudad como Barcelona con un arraigado ideario de los beneficios del turismo, todo ello ha derivado en que, en el 2017 la percepción de saturación turística superó por primera vez a la percepción del turismo como medio para seguir atrayendo riqueza para la ciudad.

En mi opinión cabe preguntarse si el exceso de turistas en algunas zonas de la ciudad es de veras el origen del conflicto, o si por el contrario es una peligrosa cortina de humo que oculta los verdaderos problemas de esta y otras ciudades de características similares. Dicen que para resolver los problemas es fundamental hacerse las preguntas correctas, y en ese sentido, ninguno de los objetivos del desarrollo sostenible apuntado por Naciones Unidas para el 2030 ha señalado al turismo como una de las amenazas a las que hacer frente en los próximos años.

Los nuevos retos a los que las ciudades deberán enfrentarse en un futuro que empezó ayer, han dejado los problemas del pasado verano a la altura de una tarea para escolares, y han situado en el epicentro de la problemática municipal una serie de preguntas más propias de una asamblea de Naciones Unidas, que de un pleno municipal.

parque Guell

La lista de problemas urbanos a los que hacer frente en los próximos años, al margen del pretendido problema turístico, muy bien podrían ser la siguiente:

1.Incremento de las desigualdades urbanas entre ricos y pobres.

Sin necesidad de mirar las infraviviendas del tercer mundo, según un informe de ONU-Habitat ,en la propia Europa esta aumentando la segmentación urbana entre barrios para ricos y pobres en pocos kilómetros de distancia. En los casos más extremos podemos ver como familias sin recursos co-habitan en ocasiones entre edificios de 4500€ el m2 ocupando locales o pisos sin suministros.

2. Falta de vivienda y aumento del precio de los pisos tanto de compra como de alquiler.

Este es probablemente uno de los pocos puntos relacionados directamente con el fenómeno turístico. Junto con los vuelos low cost ha hecho que la cifra de turistas en las ciudades vaya en aumento. Sin embargo la disminución de las viviendas protegidas y la nueva normativa que ha facilitado la irrupción de las VUT han demostrado tener mucho más que ver con este problema.

3. El cambio climático y los efectos de la contaminación.

Los efectos de la contaminación ya tienen como responsable directo de la misma a las urbes en un 70%. El consumo energético y la emisión de gases invernadero han convertido los espacios municipales en un foco de riesgo para la salud. Sanear sus atmósferas va a pasar por algo más que regular el transporte y la movilidad urbana.

4. El reto de alimentar a toda la población urbana.

El número creciente de habitantes requerirá, cada día de más tierras y recursos que lógicamente se situarán a cada vez más distancia kilométrica con el lógico inconveniente de una logística que aumentará el volumen de residuos y de contaminantes. Aunque la lógica pueda hacernos pensar que a mayor consumo, mayor volumen y mayor negocio. La realidad es que la sobreexplotación de recursos ya está ocasionando serios problemas a unas administraciones que en la práctica pagamos todos.

5. El problema del acceso al agua potable.

Si alguien tiene la tentación de pensar que esto es un problema solo de las zonas subdesérticas,  que reflexione sobre la realidad del abastecimiento en algunas zonas del litoral y de las islas del Mediterráneo y se pregunte porque se detectan movimientos empresariales tan importantes para la privatización de un recurso básico. El problema del agua se está viendo agudizado por periodos de sequía cada vez más largos y algunos expertos auguran que en el futuro estará en el centro de algunos de los grandes conflictos internacionales.

6. La formación de superciudades con una sobrepoblación urbana.

Ya dijimos en el anterior post dedicado a realidad de las futuras megalópolis  que algunos núcleos crecerían de manera descontrolada fruto de las migraciones y que eso plantearía problemas para los que será necesario generar auténticas estructuras de estado dentro de los propios países para gobernar concentraciones de varias decenas de millones de habitantes.

7. Los servicios como nuevo motor industrial.

El modelo orientado a la prestación de servicios busca preferentemente la implantación en  grandes urbes. Las grandes marcas y la actividad turística y financiera necesitan de mano de obra y de consumidores en un entorno cercano. No es de extrañar que las dos sedes de Amazon y sus 50.000 puestos de trabajo prometidos, hayan acabado ubicándose en Nueva York y Washington respectivamente. Este tipo de decisiones son un duro baño de realidad para aquellos que apuestan  por la repoblación del mundo rural y tienen un potente efecto de llamada sobre poblaciones que tienden a saturarse.

8. El envejecimiento de la población.

Lo datos de la OMS no dejan dudas con respecto a la tendencia en Europa y la única manera de revertirlos pasa por la aportación que haría la inmigración  a gran escala ,con los problemas de crecimiento  descontrolado que ya hemos visto. La otra opción nos aboca a una población cada vez más envejecida y dependiente de unos servicios que actualmente ya son insuficientes.

9. La creciente inseguridad ciudadana.

En muchas ciudades aparece ya como el principal problema para la población, y no nos referimos a las pintadas realizadas a un autobús de turistas, que alcanza una dimensión ridícula, frente a la nueva amenaza terrorista o las mafias de crimen organizado. La creciente exclusión social de algunos colectivos va a ser un verdadero problema para aquellas ciudades incapaces de redefinir sus políticas de integración social y con estrategias de seguridad ciudadana deficientes.

Hay que tener presente, además, que la idea de impedir el acceso de turistas en un entorno tan amplio como puede ser el de una ciudad es pretender ponerle puertas al campo, es decir, intentar poner límites a algo que no los admite.

Aquellas ciudades, por tanto,  que no contemplen dentro de sus planes estratégicos la resolución de problemas como los que acabamos de citar, corren el riesgo de vivir situaciones de colapso en las que, desgraciadamente, los turistas serán unas meras víctimas.

 

 

 

 

 

 


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El éxito del City Trip sitúa el reto de gestionar las ciudades como objetivo prioritario para el sector turístico.

Que el turismo es una actividad social es algo recogido en su propia definición de la OMT. Que como tal iba a verse afectado por los movimientos concéntricos de población en torno a las grandes ciudades era algo que se veía venir.

En la pasada feria de la ITB de Berlín se constató el éxito de los destinos turísticos urbanos a raíz de los datos de viajeros internacionales recibidos por las ciudades en el año 2017. Los 190 millones de viajeros que escogieron esta modalidad superaron por primera vez en la historia a los que escogieron la modalidad  de sol y playa.

Y claro está, si en el segundo caso la afluencia masiva de visitantes al litoral generaron conflictos medioambientales y de masificación, en el primer caso ha sido la misma reputación de la actividad turística lo que se está viendo seriamente perjudicada. La preocupación se ha instalado entre muchos consistorios bajo el nombre de nuevas patologías para las ciudades con nombres como turismofobia, over tourism o unbalanced tourism. En muchas ciudades se ha pasado de un sentimiento de gratitud y una actitud de acogida, a otro de rechazo por parte de las comunidades residentes frente a la «invasión» de sus espacios comunes .

La mayoría ven la solución en políticas que permitan conciliar la convivencia entre turistas y residentes basadas en una correcta planificación, las técnicas de gestión de masas o la incorporación de la tecnología para llegar a una gobernanza inteligente de los flujos de visitantes. Pero la cuestión es que si hacemos una mínima reflexión al margen de los titulares periodísticos, nos daremos cuenta de que las ciudades ya tienen sus propias amenazas y retos de futuro al margen de tener que corregir los desequilibrios generados por el exceso de turistas. Y dichos peligros han llegado sin avisar y son bastante más graves.

El mundo ha experimentado una tendencia de crecimiento de las ciudades hasta el punto que hemos tenido que pasar a denominarlas megaciudades o megalópolis. Recientemente investigadores del instituto tecnológico de Ontario, advertían de la amenaza que el crecimiento de estas megaciudades entrañaban para el equilibrio de un mundo que ha puesto erróneamente el foco del bienestar en la buena marcha de los ratios de crecimiento.

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Aunque es posible que en el caso del mundo desarrollado sea así, el informe arroja un dato demoledor. Ya que no serán las ciudades del «primer mundo» las que experimentarán dicho crecimiento, sino que serán principalmente aquellas con mayores posibilidades de nutrirse de personas venidas de zonas rurales o inestables, las que protagonizarán un mayor éxodo hacia sus territorios. Los expertos apuntan al continente africano como el nuevo referente mundial de las ciudades con más de 10 millones de habitantes.

Con ciudades creciendo sin control de espaldas a un mínimo plan urbanístico cualquier problema relacionado con las competencias propias de la gobernanza de una urbe se convierten en una crisis. Se estima que ciudades como Lagos que hoy cuenta con cerca de 20 millones de habitantes ya tiene en torno al 60% de su población viviendo en las denominadas «villas miseria». Para estas ciudades la gestión de los residuos y de la energía van a pasar necesariamente por delante de la gestión de los turistas, sobretodo teniendo en cuenta que la falta de planificación y de estructuras ya han situado a la sanidad y a la seguridad como sus principales problemas. Con el agravante de que además, sus recursos y economía son cuando menos precarios.

Según este mismo informe, se estima que en Asia, destinos turísticos como Nueva Delhi, pasarán a congregar en los próximos 30 años poblaciones del orden de 40 millones de habitantes por lo que necesitarán desarrollar autenticas estructuras de estado y concentrar infraestructuras para dar servicios a un número de habitantes similar al de países como pueden ser en la actualidad Canadá o Polonia.

En este escenario, el éxito de una correcta gestión turística va a pasar por solucionar previamente los aspectos que ya hoy han empezado a amenazar la convivencia. Y es que sin ánimo de ser alarmista, me temo que a los tradicionales riesgos geopolíticos  del turismo, se ha añadido un fenómeno que va a ser capaz de concentrarlos todos en un mismo distrito. Pretender que la afluencia de visitantes está al mismo nivel que estos conflictos es, a mi juicio,  de una ligereza irresponsable.

Urge entender que los riesgos a los que nos enfrentamos para garantizar el éxito de la experiencia turística en las ciudades son más propios del consejo de la ONU que de un patronato de turismo, motivo por el que la industria turística va a verse empujada a dar un paso adelante y comprometerse en la resolución de este tipo de problemas.