Turismo Transversal

" El turismo como actividad clave para vertebrar el desarrollo de las regiones."


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Viajar en tiempos convulsos: cuando la seguridad se convierte en el nuevo lujo turístico. Claves para entender la transformación turística 2

Hubo un tiempo en que la elección de un destino turístico estaba condicionada casi exclusivamente por factores como el clima, el patrimonio cultural, la gastronomía, el precio o la accesibilidad. El viajero comparaba playas, monumentos, hoteles o experiencias y tomaba una decisión basada fundamentalmente en sus preferencias personales. Sin embargo, en los últimos años se ha producido un cambio silencioso pero profundo en la forma de planificar los viajes. La seguridad ha pasado de ser un elemento secundario a convertirse en uno de los principales factores de decisión.

Hoy, antes de reservar un vuelo o elegir un hotel, millones de viajeros se preguntan algo que hace apenas unas décadas ocupaba un lugar mucho menos relevante: ¿es seguro viajar allí?

La pregunta parece sencilla, pero detrás de ella se esconden numerosos matices. Porque cuando hablamos de seguridad turística ya no nos referimos únicamente a la ausencia de guerras o conflictos armados. El concepto se ha ampliado enormemente y engloba riesgos muy diversos que hace unos años apenas aparecían en las conversaciones sobre turismo.

Tradicionalmente, la percepción de inseguridad estaba vinculada a acontecimientos excepcionales: guerras, atentados terroristas, revoluciones o tensiones geopolíticas. Durante décadas, destinos enteros desaparecían del mapa turístico internacional debido a conflictos armados o crisis políticas. La inestabilidad en Oriente Medio, los Balcanes durante los años noventa o determinados países africanos son algunos ejemplos de cómo la inseguridad geopolítica condicionaba los flujos turísticos.

Sin embargo, el siglo XXI ha incorporado nuevas amenazas que han transformado radicalmente la percepción del riesgo. La delincuencia urbana, por ejemplo, se ha convertido en una preocupación creciente para muchos viajeros. Los robos, los hurtos o determinadas formas de criminalidad tienen hoy un peso importante en la imagen de numerosos destinos.

A ello se suma un fenómeno relativamente reciente: la turismofobia. Aunque sigue siendo minoritario, el rechazo social al turismo en determinados lugares ha comenzado a influir en las decisiones de algunos visitantes. Las protestas contra la masificación turística en ciudades como Barcelona, Ámsterdam o Venecia han generado titulares internacionales que han contribuido a transmitir la sensación de que el turista ya no siempre es bienvenido.

Las catástrofes naturales constituyen otro de los factores emergentes. El cambio climático está aumentando la frecuencia e intensidad de fenómenos extremos como incendios forestales, inundaciones, olas de calor o huracanes. Muchos viajeros consultan hoy las previsiones meteorológicas y los antecedentes climáticos con la misma atención con la que revisan las opiniones de los hoteles.

Y, por supuesto, resulta imposible hablar de seguridad turística sin recordar el impacto de la pandemia de COVID-19. Ningún acontecimiento reciente ha transformado tanto la relación entre movilidad y seguridad. Durante meses, viajar dejó de ser una actividad asociada al placer para convertirse en una potencial fuente de riesgo sanitario. El cierre de fronteras, las restricciones de movilidad y la incertidumbre generalizada alteraron profundamente los hábitos turísticos y demostraron hasta qué punto la percepción de seguridad puede paralizar una industria global.

Sin embargo, si hay un actor que desempeña un papel decisivo en la construcción de esa percepción del riesgo son los medios de comunicación. La imagen que tenemos de un destino no siempre se corresponde con la realidad objetiva de los datos. Con frecuencia, está mediada por la forma en que se narran los acontecimientos.

Vivimos en una época en la que la información circula de manera instantánea. Un incidente ocurrido en cualquier rincón del planeta puede convertirse en noticia global en cuestión de minutos. Esta hiperconectividad tiene ventajas evidentes, pero también genera distorsiones.

Los medios tienden, por razones comprensibles, a priorizar los acontecimientos excepcionales. Un día normal en una ciudad no es noticia. Un robo violento, una manifestación o un desastre natural sí lo son. El resultado es que determinados destinos pueden quedar asociados durante años a un hecho aislado que, estadísticamente, apenas tiene relevancia.

El problema se agrava cuando la lógica del clic y de la audiencia premia el sensacionalismo. Los titulares alarmistas generan más atención que los análisis reposados. La emoción suele imponerse al contexto. El miedo vende más que la estadística.

Existen numerosos ejemplos. Durante años, algunas ciudades europeas fueron presentadas como escenarios prácticamente inseguros debido al aumento de determinados delitos menores. Sin embargo, los datos oficiales mostraban niveles de criminalidad inferiores a los de muchas ciudades consideradas completamente normales por los propios viajeros.

Algo similar ocurrió con determinados destinos afectados por episodios puntuales de protestas contra el turismo. Algunas imágenes de manifestaciones o acciones simbólicas tuvieron una enorme repercusión mediática internacional, generando la impresión de un rechazo generalizado al visitante. Sin embargo, millones de turistas continuaron siendo recibidos con absoluta normalidad y hospitalidad.

La pandemia también dejó ejemplos reveladores. Durante meses, las imágenes más impactantes dominaron las pantallas, mientras que la evolución positiva de muchos indicadores sanitarios recibió una atención mucho menor. El resultado fue que la percepción de riesgo permaneció elevada incluso cuando las condiciones objetivas comenzaban a mejorar.

Esto no significa que los riesgos no existan o que deban ignorarse. Al contrario. La información rigurosa es esencial para que los viajeros puedan tomar decisiones responsables. Pero existe una diferencia importante entre informar sobre los riesgos y amplificarlos hasta convertirlos en una fuente permanente de ansiedad.

Quizá por ello uno de los grandes desafíos del turismo contemporáneo consiste en gestionar adecuadamente la percepción de seguridad. Los destinos compiten no solo por ofrecer experiencias memorables, sino también por transmitir confianza. La seguridad se ha convertido en un atributo de marca tan importante como la calidad de las infraestructuras o la riqueza cultural.

Y, sin embargo, a pesar de todos estos factores, el turismo sigue creciendo. Cada crisis parece anunciar un cambio definitivo en los hábitos de viaje, pero una y otra vez observamos el mismo fenómeno: los viajeros regresan.

La explicación probablemente reside en algo profundamente humano. Viajar responde a necesidades que van mucho más allá del ocio. Es una forma de descubrir, aprender, relacionarse, descansar y ampliar horizontes. La curiosidad forma parte de nuestra naturaleza.

La historia del turismo está llena de ejemplos que lo demuestran. Tras atentados terroristas, crisis económicas, conflictos políticos o pandemias, la actividad turística acaba recuperándose. A veces tarda meses. Otras veces necesita años. Pero termina regresando.

Los viajeros valoran la seguridad, sin duda. Cada vez más. Comparan riesgos, consultan recomendaciones oficiales y buscan destinos que les transmitan tranquilidad. Sin embargo, también saben que el riesgo cero no existe. Ni en los viajes ni en la vida cotidiana.

Por eso, cuando la incertidumbre disminuye y la confianza regresa, suele imponerse una fuerza más poderosa que el miedo: el deseo de explorar el mundo.

Porque viajar no es únicamente desplazarse de un lugar a otro. Es una expresión de optimismo. Una apuesta por el encuentro con lo desconocido. Y quizás por eso, incluso en tiempos de incertidumbre, seguimos haciendo las maletas. No porque ignoremos los riesgos, sino porque afortunadamente la gran mayoría entendemos que descubrir nuevos lugares continúa siendo una de las experiencias más enriquecedoras que podemos vivir.